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Posts etiquetados ‘literatura española’

13
Dic

El despertar de la niña en Valle Inclán

Con buen ojo casi clínico nos presenta Ramon Valle Inclán la pobreza de espíritu del modo de vida beato en las mujeres. Y es que no es fácil, para una mujer (aún niña) de principios de siglo XX, optar por el otro, el de la concupiscencia, el de aventura, el de la pérdida momentánea de control. El peso social es bien duro en los inicios del siglo. No obstante, al autor de «Luces de bohemia», dicta sentencia, manifiesta sin tapujos su preferencia por la transgresora. Veamos:

Aquella niña era cruel como todas las santas que tremolan en la tersa diestra la palma virginal. Confieso que yo tengo predilección por aquellas otras que primero han sido grandes pecadoras. Desgraciadamente María Rosario nunca quiso comprender que era su destino mucho menos bello que el de María de Magdala. La pobre no sabía que lo mejor de la santidad son las tentaciones.

Así es, en esta su «Sonata de primavera», el lucido español no pretende tanto glorificar el mundo del deleite carnal como evidenciar la parquedad de la moral estricta impuesta por el credo católico. La crueldad de la niña a la que se refiere, su protagonista, es evidentemente un efecto del rigor impuesto por la moral ruda y dura. Gran observación de orden psicológico que no precisa de las descripciones escandalosas y vulgares como las del Marqués de Sade u otros «libertinos». El talento del español prescinde de la grosera y opulenta narración para dar más a profundidad con el «asunto» a tratar.

28
Nov

Noción del cuerpo

De tan fuerte y poderosa que es la reflexión hecha por Cernuda, conviene que la reproduzcamos completa:

El cuerpo no quiere deshacerse sin antes haberse consumado. Y ¿cómo se consuma el cuerpo? La inteligencia no sabe decírselo, aunque sea ella quien más claramente conciba esa ambición del cuerpo, que éste sólo vislumbra. El cuerpo no sabe sino que está aislado, terriblemente aislado, mientras que frente a él, unida, entera, la creación está llamándole.

Sus formas, percibidas por el cuerpo a través de los sentidos, con la atracción honda que suscitan (colores, sonidos, olores), despiertan en el cuerpo un instinto de que también él es parte de ese admirable mundo sensual, pero que está desunido y fuera de él, no en él. ¡Entrar en ese mundo, del cual es parte aislada, fundirse con él!

Mas para fundirse con el mundo no tiene el cuerpo los medios del espíritu, que puede poseerlo todo sin poseerlo o como si no lo poseyera. El cuerpo únicamente puede poseer las cosas, y eso sólo un momento, por el contacto de ellas. Así, al dejar éstas su huella sobre él, conoce el cuerpo las cosas.

No se lo reprochemos: el cuerpo, siendo lo que es, tiene que hacer lo que hace, tiene que querer lo que quiere. ¿Vencerlo? ¿Dominarlo? Cuán pronto se dice eso. El cuerpo advierte que sólo somos él por un tiempo, y que también él tiene que realizarse a su manera, para lo cual necesita nuestra ayuda. Pobre cuerpo, inocente animal tan calumniado; tratar de bestiales sus impulsos, cuando la bestialidad es cosa del espíritu.

Aquella tierra estaba frente a ti, y tú inerme frente a ella. Su atracción era precisamente del orden necesario a tu naturaleza: todo en ella se conformaba a tu deseo. Un instinto de fusión con ella, de absorción en ella, urgían tu ser, tanto más cuanto que la precaria vislumbre sólo te era concedida por un momento. Y ¿cómo subsistir y hacer subsistir al cuerpo con memorias inmateriales?

En un abrazo sentiste tu ser fundirse con aquella tierra; a través de un terso cuerpo oscuro, oscuro como penumbra, terso como fruto, alcanzaste la unión con aquella tierra que lo había creado. Y podrás olvidarlo todo, todo menos ese contacto de la mano sobre un cuerpo, memoria donde parece latir, secreto y profundo, el pulso mismo de la vida.

Es un texto terriblemente honesto, titulado «La posesión» y  que se puede encontrar publicado por la UNAM, en su colección «Material de lectura», con el título: «Variaciones sobre el tema mexicano».

Una visión cuasimetafísica del cuerpo humano, tema recurrente en la creacíón de Cernuda. Evoca la admiración/temor ante esa realidad que no es solo física, menos aún objetual, sino espiritual.

12
Oct

Nuestro Don Quijote: el episodio de la Cueva de Montesinos

En la cueva de Montesinos nuestro caballero andante visita, en su «sueño» el otro mundo, el mundo encantado de los libros de caballerías. Ese que tanto y tanto lleva en su mente y que esta cifrada en otro tiempo, el tiempo del encatamiento, de la magia:

«⏤¿Cuánto ha que bajé? -preguntó don Quijote.

⏤Poco más de una hora -replicó Sancho.

⏤Eso no puede ser -replicó don Quijote-, porque allá me anocheció y amaneció y tornó a anochecer y amanecer tres veces, de modo que a mí cuenta tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.» (II, 23)

«Allá», dice el caballero, y dice bien. Pues es un lugar muy otro el de su «sueño» de tres días, un tiempo en que ocurre la visión de sus más profundos ideales, la explicación de los lugares y las hazañas que tanto persigue, los personajes que tanto conoce y admira. Un otro lugar donde Dulcinea le pide dinero, donde no es capaz de vengar con sangre la afrenta a la veracidad de las historas, le justifica así a Sancho:

«No, Sancho amigo, no me estaba a mi bien hacer eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados.».  (II, 23)

Podemos decir que don Quijote ha sido beneficiado con el deleite de vivir su  «sueño», de palparlo, olerlo, contemplarlo en su mismidad. Y nada de cómico hay en la fe del caballero que todo lo toma en serio, aunque el primo y Sancho le tilden de loco. Pero un loco genuino, que cree en la nobleza de su misión, por ello le revira a su escudero:

«como no estás experimentado en las cosas mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite réplica ni disputa.» (II, 23)

Porque no se puede replicar, menos disputar lo que producto de la fe suprema, de la persecución honesta del ideal. La prueba no está sino en la creencia misma, en la vivencia del creyente.

Ocurre que el Caballero de la triste figura opera en el ideal, y los eventos que sufrió en su experiencia dentro de la cueva no admiten ni explicación ni duda. Son de otra naturaleza. Véase aquí la gran aportación quijotesca al mundo desacralizado de la modernidad.

Grande e inolvidable evento este de la cueva. Profunda su simbolización en la que Cervantes se permite la genealogía de los libros de caballería con lujo de detalles; pues resulta que Don Quijote ve pasar delante de él a los personajes que más fascinan su pasón caballeresca que hasta el lujo se da de corregir la narración:

«Cepos quedos -dije yo entonces-, señor Montesinos: cuente vuesa merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y, así, no hay para qué comparar a nadie con nadie.» (II, 23)

¡Qué gloria la de Don Quijote cuando logra que su Dulcinea no sea comparada en belleza con la señora Belerma! Qué manera de aferrarse al deber, de ser fidedigno en los detalles.

4
Feb

El «Don Juan» de Gregorio Marañón

Como ensayista Marañón se ocupó de los temas centrales de la cultura española, de las manifestaciones más cotidianas; pero nada baladí. Por el contrario, los más triviales temas son diseccionados por la pluma de Marañón de una manera lúcida y sensata.

Aquí nos ocupa el tema del Don Juan. Es un tema que preocupó a varios pensadores de este momento histórico. Incluido el gran Ortega en sus ensayos «Sobre la elección en el amor». Marañón, decíamos, le dedicó varios textos, nos interesa el que titula: «Gloria y miseria del Conde de Villamediana», en donde el autor trata de volver sobre el tema, en consideración de que en otro espacio dijo «algunas cosas duras», que la gente interpretó mal. El autor cree necesario replantear algunos tópicos para evitar equívocos. Pues no cabe duda que la figura de Don Juan, ha sido «manantial de tantas creencias literarias», y por ello urge su análisis serio.

Lo primero es ubicar su relación con el tema de hoy: pues aunque pareciera que los tiempos que corren no admiten la idea de un «burlador» al estilo donjuanesco; dado que las costumbres se han relajado, se han dispersado; dado que los valores en relación con los compromisos sentimentales han casi desaparecido. Pero, dice Marañón: «el juego teatral, aventurero y romántico que supone la seducción de la mujer» aún sigue vivo; aún está presente en estos tiempos en los que el teléfono y el automóvil acortan las distancias y disminuyen las relaciones profundas.

Importa, en segundo lugar, vincular el fenómeno al ámbito de lo biológico: para nuestro autor, el ánimo que guía al conquistador es propio de la juventud, pues en esa etapa la vida pinta para ser turbulenta, arriesgada, sin punto fijo. Cierto que habrá excepciones, eso que llama el donjuanismo tardío, «hombres cuyas buenas fortunas no comienzan hasta la plena madurez», pero son expresiones de otro tipo. Normalmente cobran sentido por otras circunstancias.

Y es aquí donde nuestro autor desvía su atención hacia el lado cultural y literario del fenómeno. Más aún, hacia la parte de mito que lo rodea. En primer lugar, la nacionalidad del fenómeno. Por más que se diga y repita hasta al cansancio que el Don Juan no puede ser sino español, Marañón se ocupa en demostrar que esto no es así. El aparente origen español del donjuanismo débese, según nuestro autor, a que el Don Juan es un rebelde, y

«su rebeldía era más heroica, más llamativa que en parte alguna en España; porque, entre nosotros, los poderes contra los que se subleva ―Dios y el Estado― eran también más fuertes que en parte alguna».[93]

El físico del Don Juan, se ha creído, es de orden típicamente masculino. Nada de eso, dice Marañón; más bien. debe considerarse lo contrario. El Don Juan posee rasgos faciales de orden femenino, pues de otra manera no podría ser un conquistador empedernido; solo un espíritu incapacitado para el amor, puede mostrarse dispuesto al cambio constante, a la fluctuación continua de su pasión amorosa; dos cosas entonces, un Don Juan varía en su apreciación de la mujer, al grado de no poder concebir el verdadero milagro del amor maduro y pleno y, por ello, es menester un físico más plásticamente bello, éste es el argumento de Marañón:

«La morfología que corresponde a los hombres dotados de una capacidad amorosa extraordinaria es, por lo común, un tanto antiestética: talla reducida, piernas cortas, rasgos fisonómicos intensamente acusados, piel ruda y muy provista de barba y vello. Nada, por lo visto, parecido al Don Juan esbelto, elegante, de piel fina, cabello ondulado y rostro lampiño.» [74]

Y más aún, nuestro autor, en su empeño por derrumbar los mitos, definirá al Don Juan como un ser que no disfruta de la experiencia mística que es el amor. Y su leyenda no contribuye sino a perpetuar los mitos de una clase de sentimentalismo simplón que esta representado en el Conde de Villamediana por primera vez en la historia: «En último término, si me apurasen a decir quién fue en vida el primer Don Juan yo no dudaría en responde que Villamediana» De ahí el título de su breve ensayo.

 

Las citas son tomadas del texto:

Gregorio Marañón, Don Juan. Ensayos sobre el origen de su leyenda, Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1942, pp. 65-110

28
Oct

Los placeres corporales de Luis Cernuda

 

Dice Luis Cernuda que la causa secreta de su poesía era «un estado de receptividad, de acuidad espiritual que, en su intensidad desusada, llegaba, en ocasiones, a sacudirme con un escalofrío y hasta provocar lágrimas, las cuales, innecesario decirlo, no se debían a una efusión de sentimientos.» Y hay que creerle; sobre todo en lo que refiere a los potentes versos que componen Los placeres prohibidos de 1931. Pues estamos no ante la sentimentalidad cursi y socarrona; sino ante el hombre postrado ante el cosmos. Estamos ante el visionario que no puede explicarse a sí mismo lo que ocurre, y, por ello, escribe poemas.

No es el hecho de buscar las respuestas fundamentales de la existencia, sino de evocarlas consciente de los riesgos:

Extender entonces la mano

es hallar una montaña que prohíbe,

un bosque impenetrable que niega,

un mar que traga adolescentes rebeldes.

No hay, pues, resignación. Pero sí rebeldía. Sí, también, anhelo de cruzar las fronteras que la razón humana ha impuesto:

Ahora hace falta recoger los trozos de prudencia,

aunque siempre nos falte alguno;

recoger la vida vacía

y caminar esperando que lentamente se llene,

si es posible otra vez como antes

de sueños desconocidos y deseos invisibles.

Mira el poeta, con nostalgia, un decaimiento no provocado, aparentemente, por nada. Por el solo hecho de estar aquí para sentirlo; decaimiento de las cosas, incluso del amor:

Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando

se aman…

Y pronto:

No decía palabras

acercaba tan solo un cuerpo interrogante.

Aún así construye grandes episodios de poderosa sensualidad, y firme creencia en la plenitud del ser:

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso

en alguien

cuyo nombre no puedo oír si escalofrío

Y, magistralmente, usa (contempla) la materialidad del cuerpo como espíritu. El cuerpo como vehículo de expresión intensa. Como fuerza cósmica que somete, pero libera:

Unos cuerpos son como flores,

otros como puñales,

otros como cintas de agua;

pero todos, temprano o tarde,

serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden,

convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un

hombre.

El cuerpo no es lo biológico; es lo cósmico. El territorio de lo eterno:

Te lo he dicho con el sol,

que dora desnudos cuerpos juveniles

y sonríe con todas las cosas inocentes.

 

 

Poemas tomados de

Luis Cernuda, La realidad y el deseo, edición, introducción y notas de Miguel J. Flys, Madrid: Editorial Castalia

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