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Entradas de la categoría ‘Introducción a la historia’

15
Sep

¿Qué es América latina?

En su «Introducción» a América Latina. Introducción al extremo occidente. editado en México por Siglo XXI en 1989 y que abarca las páginas 17-36, Alain Rouquiè se plantea una pregunta:  ¿Qué es América Latina? Fenómeno cultural, étnico o geopolítico, el espacio que comúnmente conocemos con el título de América Latina encierra en sí dificultades para su correcta definición. Alain Rouquiè, que está perfectamente al tanto de lo anterior, hace revisión de los diferentes problemas que implica una nomenclatura común para este territorio. Tratando de abordar todos y cada uno de los posibles nombres que son plausibles, nuestro autor establece los límites de cada uno, los somete a riguroso análisis que en concordancia con la realidad que le sirve de juez, saca a la luz casi todos los problemas de nomenclatura.

Ahora bien, no se trata tanto de denunciar la falta de un concepto viable como de profundizar en los ya existentes. A partir de ellos se logra una comprensión casi homogénea de este espacio. Por cierto que el uso de los referentes internacionales, más concretamente de las grandes potencias, le permiten al autor llegar a disertaciones útiles en el marco de la historia de estos pueblos, de estas naciones. Los títulos de pueblos homogéneos, heterogéneos y en vías de hogeneización son recursos importantes que permiten al autor hacer más comprensible su discurso, y por tanto su análisis.

Quedan claras varias cosas: que la llamada América Latina NO es un todo homogéneo, que tiene rasgos en común pero los tiene también diametralmente opuestos. Y que el curso histórico de estos pueblos nos ofrece mucho de su presente, su desgracia histórica.

19
Ago

Una nota sobre Hernán Cortés

En su libro sobre La leyenda negra, publicado por ediciones Encuentro, en 2014, p. 89, Iván Vélez comenta:

En el lado opuesto a la monumental caja de escalera del Palacio Nacional de la Ciudad de México, decorada por el muralista Diego Rivera (1886-1957), aparece la imagen de Hernán Cortés representado como un ser deforme que, en la desagradable apariencia plasmada por el muralista mexicano, trata de transmitir taras morales. […]

El imperio español, desde las coordenadas riveristas, es mostrado, gracias a figuras como las de Cortés, Alvarado y los ministros de la Iglesia católica, con tintes perversos, mientras los indígenas pintados impregnan los muros del Palacio de algunos de los atributos que el indigenismo cree reconocer todavía e las comunidades que no fueron integradas en la civilización hispana.

Este mural es solo una muestra que, al igual que las ilustraciones del texto de Las Casas, se reproduce hasta la saciedad en libros de texto y postales que se llevan los extranjeros, generando así un efecto visual que difícilmente puede extirparse más que con la lectura y la cabeza fría. Ámbitos que, hasta en los universitarios, escasean. Es, en efecto, un duro golpe a la imagen que Hernán Cortés tiene en nuestra historia oficial y a su papel en la conquista. De ahí que las mismas Cartas de Relación sean mal leídas (cuando se leen) o desacreditadas, a pesar de ser un documento esencial para conocer la mentalidad pero, sobre todo, el proyecto iniciado por Cortés.

Además, casi cien años antes, cuando el Virreinato tocaba su fin, Lucas Alamán registra en su libro «Hernán Cortes y la conquista de México», publicado en México en 1985, pp. 50-51, el siguiente hecho en referencia a los restos del conquistador:

Parecía que Cortés debía haber hallado un asilo en que sus huesos reposasen seguros, en un edificio sagrado y de pública utilidad levantado a sus expensas, pero las vicisitudes políticas vinieron a inquietarlos hasta él. Desde principios del año 1822 se habían hecho varias proposiciones en el congreso para que se sacaran del sepulcro en que estaban y se desbaratase éste.

Contagiados, sin duda, del desprecio masivo a españoles que, incluso, se materializó en un Decreto de expulsión, es el primer ataque que la figura del conquistador recibe. Pero no sólo es en los recintos legislativos, sino que llegó al mismo pueblo enardeciendo a las multitudes, Alamán, en el mismo libro citado, nos cuenta:

No bastó con eso para sosegar los rumores que corrían y a que daban mayor impulso los escritos y discursos públicos, habiendo invocado el orador de la función patriótica de aquel año, un rayo del cielo que cayese sobre la tumba de Cortés; figura que pudo ser oratoria, pero el pueblo incauto que la escuchó sin entender el sentido que acaso estaba en la mente del autor, debió propender mucho a darle un valor efectivo, por lo que se tuvo por necesario hacer desaparecer del todo el sepulcro.

No faltará quien crea que, por ser Lucas Alamán considerado un ideólogo de los conservadores, está fabricando o matizando la historia para hacerla aparecer peor de lo que realmente fue. Lo que vale aquí aclarar es que en el texto de Alamán se cita textualmente como fuente una narración de José María Luis Mora, el ideólogo de los liberales. O se que de ideología, nada. Y tampoco debemos olvidar que son los tiempos del intervencionismo Yanqui (el protestantismo anticatólico de los EE. UU.) a través de sus ritos masónicos que dominaron la política mexicana. Lo cual vendría a concordar con algunos estudiosos que ven en la leyenda negra una afrenta propiciada por los protestantes holandeses, primero, e ingleses, después, quienes a su vez introducen el odio a España en EE. UU.  Nos dice Sánchez Jiménez en la página 96 de su libro «Leyenda Negra» publicado en 2016 por editorial Cátedra, refiriéndose a un trabajo de Joaquín Maldonado Macanaz, publicado en La Época del 20 de abril de 1899:

Según el encendido apologeta ese libro completa una leyenda “tejida en Holanda contra nuestro país en los siglos XVI y XVII”, alimentada por la rivalidad de Inglaterra y, modernamente, Estados Unidos país que le proporciona los últimos ejemplos de propaganda anithispánica.

Apenas cabe dudar que ese antihispanismo negrolegendario se difundió en los altos círculos de la mano del célebre ministro plenipotenciario nortemericano J. Poinsett, hábil manipulador y gran artista de la intriga y el vituperio. Apenas es posible dudar que este espía no haya tenido que ver en la campaña de desprestigio hacia los españoles y lo español; Cortés incluido.

Afortunadamente, las investigaciones especializadas suelen darle el lugar que le corresponde como hombre de su tiempo, como conquistador militar, pero también como gran estratega y habilidoso interlocutor. José Luis Martinez, la página 44 de su célebre biografía de Cortés publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1992, lo describe de forma tan precisa como sustancial y profunda que justifica la larguedad de la cita:

Estaba formado por un conjunto de cualidades, aptitudes y monstruosidades: calculada audacia y valentía, resistencia física, necesidad compulsiva de acción, comprensión y utilización de los resortes psicológicos y los móviles del enemigo, evaluación de las circunstancias de cada situación y decisiones rápidas ante ellas, dominio de los hombres con una mezcla de severidad, tolerancia y objetividad; aceptación impávida del crimen y la crueldad por razones políticas y tácticas; ausencia de escrúpulos morales y de propensiones sentimentales; sobriedad en el comer y en el beber, avidez erótica puramente animal, sin pasión; gusto por la pulcritud personal y por el trato señorial; curiosidad y amor por la tierra conquistada y su pueblo, con los que acaba por identificarse; intensas religiosidad y fidelidad a su rey, nunca ofuscadoras; capacidad de organización, legislación y reglamentación, y ambición de poder y de fama más fuertes que el afán de riqueza.

Características tales que, como se ve, son las precisas en los grandes espíritus, en los hombres de exitosas empresas de los que está poblada la historia del mundo. Y decir lo anterior no debe de provocar problema alguno, si lo sabemos situar en perspectiva histórica y sin arrimarnos al extremo de glorificar o santificar. Nada de eso se pretende aquí, y nada de eso se deriva de las palabras de José Luis Martínez sino darle el lugar que merece en la historia.

Sea que aceptamos ver en Hernán Cortés a un hombre excepcional y sea que admitimos su importante papel en el proceso histórico de la conquista, conviene revisar a fondo el proyecto de construcción del imperio reflejado en sus Cartas de relación. Y es que, como hemos apuntado, la leyenda negra nubla la intención del conquistador de crear un verdadero imperio. Y, en consecuencia, dichas Cartas, que son una obra verdaderamente literaria [pero también histórica], han sido leídas en general pasando por el prisma negrolegendario. Lo que ha contribuido a no hacerle justicia ni al espléndido trabajo de redacción de Cortés, ni al importante papel que éste juega en nuestra historia.

7
Ago

Lorenzo de Zavala y la narración histórica del político

Cuando el 13 de octubre de 1788, nace Lorenzo de Zavala, en Yucatán los sucesos que recorrían al virreinato de la Nueva España eran aún la semilla de lo que pronto se desataría como el movimiento más complejo y paradójico de esos tiempos: La independencia de la Nueva España. Zavala tendría que esperar hasta sus 33 años para iniciar una vida de actividad política que lo situó en al ámbito de mayor importancia del momento; desempeñando puestos de suma importancia paso de diputado a las cortes a gobernador del estado de México, según nos dice Andrés Lira en la página 195 de su valioso estudio, Espejo de discordias, editado por el Consejo nacional para la cultura y las artes en 1984; llegó incluso a escribir el discurso preliminar de la constitución del 24. Su astucia lideresca le permitió desenvolverse mediante la intriga, la canallada y el golpe bajo, que caracteriza a todo aquel que quiera inmiscuirse en la falacia ésa que se llama política. Hechos como la creación del rito de York, el motín de la acordada y su consecuente destierro como ministro plenipotenciario de México en Francia, demuestran su tendencia a la acción de masas, aunque después lo negaría. Luego se le vería promoviendo la independencia de los colonos texanos. Adquirió grandes fortunas que le rindieron para su residencia Zavala`s Point donde murió en 1837.

Hombre de gran talento retórico, se desempeñó como periodista y escritor, leyó a los grandes filósofos y pensadores de su época y dejó una obra que se inserta como representativa dentro de la historia de la historiografía mexicana, su famoso Ensayo histórico de las revoluciones desde 1808 hasta 1830, donde intenta, según escribe, ser imparcial ante los hechos. Veamos qué tanto lo fue.

Escuchemos al propio Zavala definir su método que podemos encontrar en la página 9 de la «Introducción» a su Ensayo histórico de las Revoluciones de México desde 1808 hasta 1830, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1985, el subrayado es mío:

Al emprender publicar este  Ensayo histórico de las últimas revoluciones de México, me propongo mas bien dar á conocer  el carácter, costumbres y diferentes situaciones de aquel pueblo, que hacer narraciones cansadas en las que como dice muy bien M Sismondi, solo se encuentra una repetición de los mismos actos de crueldad, de maldades y de bajeza que fatigan al espíritu, causan fastidio á los lectores y degradan en cierta manera al hombre que se ocupa largo tiempo en recorrer los horrores y estragos de los partidos y facciones.

Frase ésta bastante elocuente que nos induce a pensar que dentro de sus limitaciones narrativas no está exenta, al menos, la contrariedad teórica, me explico: es común encontrar en los escritos de la época palabrería bañada con fuerte carga emotiva que disfraza y tergiversa, miente.

Su forma de escribir, que no de pensar la historia se acerca a una narración que intenta rescatar del pasado hechos y acontecimientos políticos, por más que opine lo contrario, su relato abusa de adjetivos peyorativos y conjuga la sentencia apocalíptica con la crónica lúcida, pero no menos polémica. Estos elementos aparecen para seducir una idea que nos muestre poco, o nulo, intento histórico verdaderamente histórico en el escrito de Zavala; hay más bien la necesidad imperiosa, aunque implícita y borrosa, de protestar ante el hecho: el pasado se vuelve prueba de que el presente está mal, hay que guiarlo entonces, partidariamente demostrando las mentiras a las que es sometido, aquí otras palabras de Zavala ubicadas en la página 10 del citado libro:

Los historiadores de la conquista de México han dado á sus relaciones un aire de ecsageración (sic) que han sido el origen de muchas fábulas ridículas y de romances divertidos. Los mas juiciosos escritores no han podido preservarse de dar crédito á algunos hechos enteramente falsos, y aun absurdos, lo que les ha inducido en errores de mucha consecuencia, y podemos asegurar que ninguna historia ha sido más revestida de ilusiones, de hipérboles, de cuentos y episodios románticos, que la de esos remotos países, causando la distancia y aislamiento en que los mantuvo la política del gobierno español, casi los mismo efectos que los que produjeron los tiempos heroicos.

Su determinación de falso altruismo se desemboca en la aspiración a convertir los sucesos históricos en arquetipo del bien o mal obrar, si por casualidad el antepasado recibió un mal trato, ahora, dentro de la actividad política que le toca desempeñar, esto, él y su grupo, pueden cambiarlo. No se trata de desperdiciar pluma para “conocer el carácter costumbres” etc., de los historiados dentro de su importancia científica (si se me perdona el  primer anacronismo confeso), sino más bien conocer esto siguiendo una lógica de desprestigio, manipularlo arguyendo siempre culpabilidades, relatarlo consintiendo la alusión más que la determinación, sirvan unas palabras ubicadas en la página 29 del Ensayo ya citado:

La revolución de Nueva España, hoy Estados Unidos Mexicanos, principió en 1808, cuando por efecto de la invasión hecha a España por los ejércitos de Napoleón, quedó aquella nación acéfala y entregada á los gobiernos populares que se establecieron en aquella época, bajo la dirección de gefes (sic) que no tenian otra misión que las inspiraciones de un patriotismo ciego y tumultoso.

Definición exacta de la Historia (aunque suene redundante) como arma política.

20
Jun

Carlos María de Bustamante o los vicios de la historia nacionalista

La forma peculiar que presenta Carlos María de Bustamante como escritor de la historia patria nos introduce en un mundo en el cual el pensar histórico, siguiendo las líneas propias de la época y la coyuntura política del momento, se vuelca en una interpretación contingente de la historia, variable, me explico: a Bustamante le toca vivir todos esos momentos, principios del siglo XIX, en los que se está discutiendo una forma de país; en los que se dejan entrever por todos lados brotes continuos de librepensamiento; la ilustración francesa a la mexicana, invoca en los personajes que actúan en la política nacional, ánimos de acción, la filosofía jusnaturalista los absorbe y la sorprendente cantidad de personajes influidos por ésta nos hacen ver el propósito de un nuevo proyecto tanto en el campo de la política del momento, como en la manera de escribir la historia.

Bustamante nace el 4 de noviembre de 1774 y aunque se le imponen académicamente duros tropiezos (reprueba el primer año de bachiller)* logra terminar sus estudios en artes, para luego entrarle un poco a la filosofía y a la teología; termina como abogado. A partir de este momento estará desempeñando diversos e importantes cargos públicos y ejerciendo con gran vehemencia el periodismo como editor de El Diario de Méjico; libra batallas importantes en pro de la libertad de prensa y escribe hasta el cansancio.

Como buen activista político que fue se une a los movimientos insurgentes, cuando Morelos le concede el grado de brigadier, cumple labores militares de importancia, aunque ya antes había rechazado una invitación de Allende para unirse a la conspiración. En efecto, este roce con los grandes personajes del momento influyó en su pensamiento cuando se expresa colaborando en la redacción de Los Sentimientos de la Nación; el Acta de Independencia y el Manifiesto a la Nación; trabajó también en la redacción de la constitución de Apatzingán.

Contribuyó entonces con grandes obras entre las que destacan: Hay tiempos de hablar y tiempos de callar; Continuación del Cuadro Histórico; Medidas para la pacificación de la América Septentrional; El Nuevo Bernal Díaz del Castillo, entre otras.

Su psicología se centra en el personaje recto, responsable, comprometido con su país y, por eso, nacionalista hasta la ignominia: “Fue don Carlos María figura harto pintoresca: curioso, dicharachero, patriota, republicano y católico ferviente, pretencioso de su asistemático saber, pero honrado y bien intencionado.” Nos dice Josefina Z. Vázquez en su Prólogo al texto Bustamante, El Nuevo Bernal Díaz del Castillo, o sea, historia de la invasión de los angloamericanos en México, editado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

No sobra explicar que con sus constantes participaciones en la política del momento dejo huella minuciosa, como periodista y como historiador, de algunos acontecimientos de importancia, que si bien están fuertemente idealizados, resultan de gran interés para la comprensión del periodo que trata.

10
Jun

Alamán, el historiador

Estadista e historiador, como José Valadés lo pinta en su libro «Alamán, estadista e historiador» editado por la UNAM en 1987, Lucas Alamán representa una figura importante dentro de la historia de los grandes personajes del siglo XIX; en efecto, nacido en Guanajuato por el año de 1792, desde niño estuvo abrazado por los lujos propios de una condición social que podríamos denominar acomodada, estudió en la ciudad de México Minerología, Química y Botánica y viajó casi por toda la Europa continental; nada extraño resulta entonces que manejara diversos idiomas.

Su participación política es rescatable e importante, fue secretario de la Junta de sanidad a los 28 años, para después llegar a ser diputado a las cortes en Madrid. Después le esperarían mejores huesos: ministro de relaciones exteriores en la presidencia de Victoria y con mayor empuje e influencia de Bustamante: “La Administración Alamán”.

Se dice que fue el ideólogo más ideólogo del llamado grupo conservador; él mismo se daba ese título y por todos lados defendió su postura; en esta línea podemos ver a Alamán como periodista y escritor, cronista y literato: se dio a la tarea de leer cuanto pudo sobre filosofía y sobre todo producciones sobre la revolución francesa a la que condenó. Escribió en El Tiempo y en El Universal, como periodista o cronista (quizá sea más correcto decir como propagador de ideas).

Fue director de la Academia Nacional de Historia y reorganizó el Archivo General; esto le facilito hacer fructíferas investigaciones de archivo (acción inédita para la época), que le permitieron la redacción crítica de sus magistrales obras históricas: Las Disertaciones… y la Historia de Méjico, en 5 lúcidos tomos. Todo esto de acuerdo con la sembalnza que de él hace Enrique Plasencia de la Parra, en su artículo “Lucas Alamán”, publicado en El surgimiento de la Historiografía nacional en 1989.

Es cierto que dentro del discurso histórico que procrea Alamán no están exentas las motivaciones políticas o las fobias y filias de todo ser humano; pero muy al margen de lo anterior es conveniente localizar en Alamán un modo peculiar de intentar escribir la historia, una forma, hasta entonces inédita, de crearla; su cercanía a los documentos, su contrastación crítica con el colega, su insistente intento (aunque no siempre logrado) de presentarse imparcial ante los hechos, de trasladarse a la psicología del antepasado para comprenderlo y describirlo, nos dan cuenta del germen que se requiere para el difícil arte de historiar. Él mismo lo explica con maestría en sus Disertaciones que cita Placencia:

Es necesario trasladarnos al tiempo de los acontecimientos que estudia, penetrarnos de las ideas que en cada uno de ellos dominaba, acostumbrarnos a los usos y a juzgar a los hombres según el tiempo en que vivieron. No hay error más común  en la historia que el pretender calificar los sucesos de siglos pasados, por las ideas del presente.

Elocuencia pura el descubrir la especificidad de la historia que, si no siguió al pie de la letra, no desvaloriza, ni mucho menos, la idea. Siguiendo lo dicho anteriormente, es justo ejemplificar con Alamán el intento, genial pero no menos recurrente a veces, por asumir como disciplina específica a la historia. Ahora, con él y por él, la labor del historiador se empieza a clarificar: no basta con sentencia duras, adjetivos apasionantes o breves repeticiones de lo dicho, escuchado o leído, es necesario trabajar y pensar para escribir. Veámoslo compitiendo con sus colegas:

El Barón de Humbolt regula que había en el año de 1804 diez y seis blancos en cada cien habitantes. El Dr. Mora hace subir esta proporción hasta la mitad, en lo que padece manifiesta equivocación, bastando para convencerse  el echar  una simple ojeada sobre la masa de la población, en especial fuera de las ciudades populosas y en los campos…

Baste el ejemplo anterior para convencer; aunque no sólo por eso se dictamina la sentencia: existen otros elementos que hacen admirable y congruente su obra: su relato se aleja de los juicios desmesurados (aunque a cortés no le fue tan mal), intenta explicar los hechos más que narrarlos; tiene en fin una concepción de la historia, a pesar de usos, desusos y abusos, que defiendo como genial para su época, nos diceArturo Arnáiz y Freg:

Buen creyente, concebía la historia con San Agustín y con Bossuet, como el desarrollo homogéneo de un plan divino; mas no fue inmune a la influencia de los enciclopedistas. (…) Entendió su función de cómo la de un creador o estimulador de la cautela: «Si mi trabajo diere por resultado hacer que la generación venidera sea más cauta que la presente, podré lisonjearme de haber producido el mayor bien que puede resultar del estudio de la historia»

Queda claro que si bien no estamos hablando de un historiador al estilo Luis González, sí al menos de un gran pensador que se gana por ley este título, aunque por momentos pensemos en su defecto, o más bien en el defecto de la época que le toco vivir.

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