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Entradas de la categoría ‘Arte y literatura’

2
Sep

La poesía de Antonio Machado: Soledades (1899-1907)

 

 

Don José Ortega y Gasset dice que la poesía de Antonio Machado es «casta, densa y simbólica», y no le falta razón a nuestro gran filósofo. Pues al iniciar la lectura de tales versos, se puede apreciar que predominan temas de orden sentimental, dirigidos a consagrar amistades, lazos familiares, preocupaciones sociales y culturales, sin menospreciar el ámbito natural representado en esas enormes y fecundas tierras que tanto cantará el poeta; se ocupa nuestro poeta de rendir culto a socialidad inherente al ser humano y de invocar un mundo interior que le sale a flote no se sabe por qué…

Primero la tristeza familiar por la huida del hermano, el Aventurero:

 

«…y entre nosotros, el querido hermano

que en el sueño infantil de un claro día

vimos partir a un país lejano…»

 

 

y del que no se sabe si su aventura fue fructífera:

 

 

¿Ansias de vida nueva en nuevos años?

¿lamentará la juventud perdida?

 

 

Y él mismo, el aventurero ha cambiado, casi sin quererlo:

 

«Hoy tiene ya las sienes plateadas,

un gris mechón sobre la angosta frente;

y la fría inquietud de sus miradas

revela un alma casi toda ausente…»

 

Es Machado, definitivamente, un ejemplar de este novísimo producir poético, que arrancó con la influencia de Darío, ese: «indio divino, domesticador de palabras, conductor de los corceles rítmicos.» Y que pasa a incorporar los elementos de intimidad y emocionalidad fina que los alrededores producen en el poeta:

 

¡Verdes jardincillos,

claras plazoletas,

fuente verdinosa

donde el agua sueña,

donde el agua muda

resbala en la piedra!…

 

 

Y su vocación sentimental también ocupa la actividad del poeta:

De tu morena gracia,

De tu soñar gitano,

De tu mirar de sombra

Quiero llenar mi vaso.

Me embriagaré una noche

De cielo negro y bajo,

Para cantar contigo,

Orilla al mar salado

una canción que deje

cenizas en los labios.

 

Igualmente la elegía de sus alrededores, de la naturaleza misteriosa que lo rodea, es objeto de su canto; muchos versos dedicará a decirle palabras de íntimo gozo o su inevitable tristeza, a los prados y los bosques, las colinas, las flores y los paisajes en general:

 

Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte!

Medrosas tiritan tus hojas menguadas.

Naranjo en la corte, ¡qué pena da verte

Con tus naranjitas secas y arrugadas!

 

Estamos ante un poeta, pues, que simboliza a la naturaleza, que provoca el habla del paisaje, es decir, hace que éste hable y nos dicte su más hondo secreto. «La tierra de Soria humanizada» ─diría Ortega, que aparece ante el poeta, y a través de él, ante nosotros, con un aire místico y cuasidivino, es una muestra de la misión de este poeta que vino a platicar al mundo para ser el vehículo de comunicación con los paisajes.

No pierde ocasión nuestro poeta, para deambular por los secretos caminos de la existencia humana, y por sus más íntimos recovecos:

 

¿Mi corazón se ha dormido?

Colmenares de mis sueños,

¿Ya no labráis? ¿Está seca

la noria del pensamiento,

los cangilones vacíos,

girando, de sombra llenos?

29
Ago

La leyenda de Don Juan en «Usted tiene ojos de mujer fatal» de Jardiel Poncela

Por más que Ortega y Gasset se esforzó en aclarar la verdadera idea del Don Juan, siguen apareciendo obras consagradas a repetir su maniatada versión populachera. Es el caso de la comedia «Usted tiene ojos de mujer fatal», donde Enrique Jardiel Poncela hace un retrato de aquel personaje sin escrúpulos que pinta la leyenda.

En efecto, el personaje de Poncela cumple con todas esas características que la leyenda atribuye al conquistador: hábil con la palabra, manipulador profesional y mentiroso de tiempo completo, Sergio Hernan cuenta también con su alcahuete, Oshidori, quien no solo admira a su ilustre jefe, sino que ha aprendido junto con él todos los secretos de la seducción.

Algo que llama la atención de esta obra es, en primer lugar, como la ocasión para cada seducción es, al mismo tiempo, un momento ideal para la presentación de máximas (o greguerías) sobre la psicología de la mujer: «Los hérores, las enamoradas y los planetas no tienen apellido» dirá Oshidori parafraseando a su señor. Y como se trata de una comedia, esta concepción de la mujer se presentan igualmente desde una óptica exagerada, así describe Oshidori a una enamorada del Señor: «La otra quiere quedarse de secretaria del señor. Asegura haber venido al mundo para sufrir intensamente.» De donde resulta que el amor para la mujer se compone esencialmente de sufrimiento. Y la chica de marras prefiere vivir como sirvienta antes de alejarse de su enamorado. De hecho, todas las sirvientas de la casa son ex amantes que no se resignan.

Otras mujeres no reaccionan así: las hay violentas y vengativas. Dispuestas incluso a provocar daño. Adelaida reacción así ante la ruptura que propone Sergio: «Y ya que aquí había una mesa puesta para dos, en la que ahora quiere comer uno solo, pues voy a tirar del mantel para que no coma nadie.» Tenemos pues, la exposición de todo el muestrario femenino, y de todos los típicos problemas que enfrenta el seductor presentados de una manera cínica, a tono con el carácter cómico de la obra.

Pero a pesar de sus leves tropiezos, el protagonista ha forjado una leyenda; hasta viaja gente a conocerlo, a tratar de descifrar sus secretos. Es ahí cuando al autor, ocupa una situación singular. Poncela usa también esta figura de Don Juan para dar una especie de moraleja: tarde o temprano el cazador es víctima. Y así es.

El personaje seleccionado para tal tarea es Pantecosti cuya familia planea alejar a una antigua amante de Sergio del matrimonio con el tio. Sergio es seleccionado por su historial. Pero en esta ocasión las cosas no salen como se espera, a pesar de los esfuerzos comunes, y la unión de fuerzas. Elena, la hermosa mujer que es víctima de tal intriga, es la que consigue enamorar a Sergio, es decir, la consigue derrotarlo en su juego y hacerlo desfallecer. Ya en su total decadencia se le ve escribiendo poemas cursis, abandonado y tristón.

Y es que el secreto del Don Juan es, precisamente, no enamorarse. Cosa que Sergio no pudo evitar tratándose de Elena. Y como se trata de una comedia, no de una tragedia. Esta obra tiene final feliz, y la hermosa Elena, al saber la situación de Sergio, regresa y decide consumar su amor.

Esta obra de Poncela se sitúa entonces, dentro del teatro con tintes «moralinos». Pues a pesar de que los juegos amatorios se presentan en toda su plenitud, al final las cosas se colocan en su sitio. Triunfa el amor perfecto, el ideal, el incorpóreo. Y, por ello, no dudamos en colocar esta lectura del Don Juan como una más de las versiones tan gastadas de la leyenda.

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