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Entradas de la categoría ‘Arte y literatura’

6
Ago

El hablador

Juan de Mairena, el gran profesor ⏤quien, a su vez, narra la historia de su profesor Abel Martin, conoció como pocos el proceder del alma humana: vio claramente que bajo la imagen del hablador se esconden muchos entresijos, pero, más importante aún, vio como el hablar mucho, hablar de todo, es un gran mal de nuestro siglo ⏤acaso de la historia de la humana persona. Hablar sin tener nada importante que decir, el chiste es hablar.

Pero suele ser lo silencioso, lo sutil, lo invisible, lo menos llamativo, lo que casi no se ve; suele ser, decíamos, lo más importante. Lo malo es que no se le escucha; tenemos los oídos educados para desoír lo importante, pero hartarnos de escuchar lo superficial; demos la palabra a San Antonio Machado:

Cuando se ponga de moda el hablar claro, ¡veremos!, como dicen en Aragón. Veremos lo que pasa cuando lo distinguido, lo aristocrático y lo verdaderamente hazañoso sea hacerse comprender de todo el mundo, sin decir demasiadas tonterías. Acaso veamos entonces que son muy pocos en el mundo los que pueden  hablar, y menos todavía los que logran hacerse oír.

Juan de Mairena, XXIV

30
Nov

El amor prohibido de Adso de Melk

Me pregunto ahora si lo que sentía era el amor de amistad, en el que lo similar ama a lo similar y sólo quiere el bien del otro, o el amor de concupiscencia, en el que se quiere el bien propio, y en el que quien carece sólo quiere aquello que puede completarlo. Y creo que amor de concupiscencia había sido el de la noche, en el que quería de la muchacha algo que nunca había tenido, mientras que aquella mañana, en cambio, nada quería de la muchacha, y sólo quería su bien, y deseaba que se viese libre de la cruel necesidad que la obligaba a entregarse por un poco de comida, y que fuese feliz, y tampoco quería pedirle nada en lo sucesivo, sino poder seguir pensando en ella y poder seguir viéndola en las ovejas, en los bueyes, en los árboles, en el sereno resplandor que rodeaba de júbilo el recinto de la abadía.

Umberto Eco, El nombre de la Rosa

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