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Entradas de la categoría ‘Arte y literatura’

29
Sep

Filosofía en México siglos XVI y XVII, según Rocafull

José Ma. Gallegos Rocafull en su texto La Filosofía en México en los siglos XVI y XVII, se propone examinar los principales problemas de la “colonización”, en el contexto de la Filosofía; o más bien, de la producción filosófica. Él, en principio, toma distancia y no genera posición ideológica, moral, quiero decir, ante el proceso de colonización. Evitando con ello el fácil lugar común que consiste en caracterizarla como una imposición, como un acto de crueldad, maldad, destrucción, etc. De inmediato se pone en contacto con la mentalidad del misionero, y sus posibles problemas:

“Hombres que en su patria no hubieran destacado, se agigantan en estas tierras y tratan de ordenarlas por las buenas o por las malas con un frenesí vital en el que por fuerza había de haber, al lado de geniales aciertos, crasos errores.”

Y en efecto, no son simples los problemas cuando se les ve su lado humano. Misioneros, magistrados y encomenderos se involucraron en carne y hueso con este proyecto, y en esa misma medida intentaron dar respuesta.

Por supuesto que en este intento, TODO entra en juego. A tal grado que el autor comienza por revisar la misma idea del hombre, que es cuestionada. El contacto con el indígena provoca, ciertamente, desconcierto. Y, de entrada, se pone en duda su carácter humano. Idea que, de tan mentada en ciertas zonas, llegó al mismo Rey Carlos V, por boca de fray Juan de Quevedo. Como se ve, hay aquí un problema grave. Pues del resultado de éste se determinará la acción a emprender. Varias voces defienden, sin embargo, la racionalidad del indio. Su bondad y naturaleza humana. El mismo papa Alejandro VI los declaró “aptos para ingresar en la cristiandad”.  Más aún, Gallegos presenta el testimonio mediante el cual los dominicos de San Esteban declararon la muerte a aquel que defendiera la tesis de que lo indios no eran capaces de recibir la fe cristiana. Y la ronda de Personalidades que se proclaman a favor de dicha idea es larga: Hernán Cortés, fray Bartolomé de la Casas, fray Juan de Zumárraga, fray Martín de Valencia, fray Luis de Fuensalida y Motolinia. Y, según el autor, todo marchaba bien, incluyendo la bula papal de 1557, en donde se vuelve a declarar a los indios como aptos. Hasta que un tal Ginés de Sepúlveda, escribió su Democrates alter, con el que se volvían a retomar los puntos del debate. Y, de la mano de Aristóteles, se armó el famoso Encuentro con Las Casas ante una calificada audiencia.   Lo importante, entonces, de este debate no fue tanto quién lo ganó, sino lo que produjo: El indio va a ser visto como hombre. Y, en consecuencia, se le incorporará al mundo cristiano. Cosa que, curiosamente, no hicieron los angloamericanos.

Así, el autor puede pasar a la revisión del siguiente problema que él denomina “la asimilación de la nueva cultura”. Plantea, para empezar, un doble problema. Pues se trata de difundir los patrones culturales del mundo occidental al tiempo de fomentar el respeto por lo autóctono. Y el principal problema es de corte religioso: Cómo plantear la religión católica de tal manera que fuera un ejercicio libre y autónomo el que los indios la adopten… Aunque no suele decirse comúnmente, los misioneros dudaron en presentar al catolicismo como un estrato de las religiones, es decir, de ligarla con las creencias de los indios o, de plano, presentarla de golpe como absoluta y única. Hicieron lo segundo. Pero quedó como proyecto lo primero. Aún así, los medios fueron, evidentemente, agresivos: destruyeron templos, figuras, códices. Todo cuanto pudiera poner en peligro la nueva fe. Y, en ese tono, se les ha juzgado. No obstante, se menciona poco que, en el ámbito no religioso, respetaron cuanto observaron: lengua, costumbres, tradiciones. Y ahí está la espléndida Historia general de las cosas de Nueva España, del célebre Sahagún. A este respeto hay que agregar, no obstante, el cómo de la conversión de los indios. Primero someterlos y después enseñarles, o viceversa. En realidad hubo, según el autor, una seria disputa sobre este importante evento: es más, él retoma posiciones de muy alto respeto a la libertad del indio, a su voluntad. Despertando una vieja discordia europea sobre el bautismo de los niños y el papel del padre en dicha actividad. Con esto, se ve, cómo el nuevo mundo aportaba al viejo, nuevos problemas, nuevos planteamientos.

Otro de los asuntos a tratar fue el de la cuestión jurídica. Que no resultó, tampoco, un problema de fácil resolución. Pero que, no obstante, fue un ejemplo de desarrollo intelectual digno de admiración:

“La controversia se desarrolla en un ambiente de amplísima libertad y de ella surgen una legislación generosa y humana, no superada por ningún otro país colonizador.”

El principal problema, dice el autor, fue el de la legitimidad de la soberanía española. El problema era ver en qué medida se podrían supeditar ciertas legislaciones como la bula Inter Caetera, con el respeto a la dignidad del indio. Que si bien tuvo pocas soluciones satisfactorias sí dio una orientación adecuada para la creación del derecho moderno. Otra vez, el nuevo mundo como factor de avance:

“Al proyectar las Indias su inquietante sombra sobre la península hispana, se dan cuenta los pensadores españoles que habían pasado de los marcos políticos del medievo a la organización estatal de los tiempos modernos sin tener clara conciencia de esta trascendental transformación.”

Y ahí estará el padre Vitoria para concretizar está labor de claro sincretismo. Y entonces aquí se entra a un debate en donde se cuestiona el alcance de la acción del Papa. Y su relación con el poder temporal.  Dejando la actividad del sumo pontífice a la cuestión estrictamente espiritual. Así como la definición precisa de los derechos y las obligaciones de los indios, llegando incluso a defender la idea de que no es legal despojarlos de sus propiedades. Otro logro impulsado, indirectamente, por el nuevo mundo.

Uno más sería el gran logro de construir el régimen justo para el gobierno de las indias.  Es fray Bartolomé de las Casas el que, por primera vez, articula la forma de gobierno más justa. El padre las Casas se presenta como figura emblemática de este proceso. Gallegos Rocafull hace la siguiente afirmación de él: “Lástima que sus dotes intelectuales no estén a la altura de sus sentimientos.” Era un apasionado defensor de los indios. Sin embargo el proceso legal se dirigió fuertemente a las encomiendas. Por lo que la humanidad práctica del encomendero tuvo un breve triunfo sobre la humanidad espiritual del fraile.

Después de hacer la revisión anterior, el autor puede exponer sus ideas sobre la filosofía y los filósofos en México, a la primera él la define como: “ese enjambre de problemas que de esta tierra volaron al otro lado del mar, incitando el pensamiento de la metrópoli y obligándole a hacer un intenso y fecundo esfuerzo.” Interesante definición que vuelve a poner en evidencia cuánto del nuevo mundo orientó la discusión en el viejo. Vamos, su influencia.

Empieza por el Renacimiento. Los pensadores vienen con ánimo de aventura. Creando mundos, imaginando paraísos. En definitiva, quieren “limpiar las manchas que tenía el viejo mundo”. Ellos traen la herencia grecorromana, tan fecunda y practicada en la Real y Pontificia Universidad de México. Tan profundo fue su asentamiento, que el autor cita la siguiente afirmación: “México empezó a cobrar el nombre de Atenas del Nuevo Mundo.” Una serie de pensadores, humanistas en su interior, empiezan a publicar y postular su pensamiento, que no dejó de lado la defensa del alma del indio, pues “en bondad no ya igualaba, sino que superaba a los españoles.” Sus escritos pintan a los indios como verdaderos apóstoles, cristianos originales. Don Vasco de Quiroga, inspirado en Moro, apunta que la edad de oro se realizará aquí y ahora, en las Indias. Es decir, se debe evitar la contaminación del viejo mundo, y aspirar a construir el Reino de la Justicia, con los indios y para ellos. Juan de Zumárraga, el seguidor de Erasmo, pugna porque se traduzcan las sagradas escrituras al lenguaje de los indios.

Ahora el autor revisa la escolástica. Y salen a la luz autores como Francisco de Vitoria, Melchor Cano, Domingo de Soto, Domingo Bañez, Luis de Molina, Francisco de Toledo, Gabriel Vázquez y Francisco Suárez. Todos eminentes teólogos que sientan las bases para el estudio de Aristóteles y consiguen hacer escuela publicando numerosos estudios.

Viene, después una revisión meramente descriptiva ─por lo que no nos detendremos mucho en los detalles─ de los pensadores del XVI. Todos ellos maestros y promotores, también, de la teología humanista. Sale a la luz, primero, fray Alonso de la Veracruz, agustiniano, ávido lector de Santo Tomás y defensor del catolicismo. Sus textos sirvieron de base para la enseñanza de la filosofía durante mucho tiempo. Igualmente el padre Antonio Rubio más dedicado a la Lógica de Aristóteles. Salen más nombres a la palestra, como el de Tomás de Mercado, y el padre Antonio Arias, jesuita que publicó mucho en latín y se dedicó principalmente sobre la teoría de Aristóteles y Euclides. Como se ve, a estas alturas del texto, Gallegos Rocafull, sólo se dedica a dar noticia de los principales autores del periodo, de sus principales obras, y ─muy pocos─ comentarios sobre la cuestión filosófica, a no ser de sus posibles influencias.

Así lo hará para el siglo XVII al que considera “de tradición y reposo”; en general se sigue con la escolástica. Y el índice de profesores es vasto, aunque no se publica, según Gallegos, ninguna obra específicamente filosófica. Entre los profesores que vale la pena destacar se encuentra el doctor Juan Díaz de Arce. Y más adelante, nuestro autor, les da el lugar a los jesuitas Andrés de Valencia, Diego Caballero, Sebastián González, Agustín Sierra y Diego Marín de Alcázar. Quienes superaron toda producción filosófica del momento. De éste último ─Diego Marín de Alcázar─ se hace notar que su obra fue  la más destacada del siglo, polemista, profundo e ingenioso.

Y éste es, para concluir, el cuadro que presenta el autor sobre la filosofía en México, durante los siglos XVI-XVII. Una filosofía, como se ve, fuertemente dominada por religiosos, promotores de la escolástica y que, navega algo alejada del pensamiento que se está desarrollando en Europa. Quizá de ahí su brillantes. Pues no cae, al menos en este primer momento, en la pesadez de la cientificidad moderna, que traerá como consecuencia la filosofía moderna y el cogito cartesiano. Y con ello, el positivismo a ultranza.

2
Sep

La poesía de Antonio Machado: Soledades (1899-1907)

 

 

Don José Ortega y Gasset dice que la poesía de Antonio Machado es «casta, densa y simbólica», y no le falta razón a nuestro gran filósofo. Pues al iniciar la lectura de tales versos, se puede apreciar que predominan temas de orden sentimental, dirigidos a consagrar amistades, lazos familiares, preocupaciones sociales y culturales, sin menospreciar el ámbito natural representado en esas enormes y fecundas tierras que tanto cantará el poeta; se ocupa nuestro poeta de rendir culto a socialidad inherente al ser humano y de invocar un mundo interior que le sale a flote no se sabe por qué…

Primero la tristeza familiar por la huida del hermano, el Aventurero:

 

«…y entre nosotros, el querido hermano

que en el sueño infantil de un claro día

vimos partir a un país lejano…»

 

 

y del que no se sabe si su aventura fue fructífera:

 

 

¿Ansias de vida nueva en nuevos años?

¿lamentará la juventud perdida?

 

 

Y él mismo, el aventurero ha cambiado, casi sin quererlo:

 

«Hoy tiene ya las sienes plateadas,

un gris mechón sobre la angosta frente;

y la fría inquietud de sus miradas

revela un alma casi toda ausente…»

 

Es Machado, definitivamente, un ejemplar de este novísimo producir poético, que arrancó con la influencia de Darío, ese: «indio divino, domesticador de palabras, conductor de los corceles rítmicos.» Y que pasa a incorporar los elementos de intimidad y emocionalidad fina que los alrededores producen en el poeta:

 

¡Verdes jardincillos,

claras plazoletas,

fuente verdinosa

donde el agua sueña,

donde el agua muda

resbala en la piedra!…

 

 

Y su vocación sentimental también ocupa la actividad del poeta:

De tu morena gracia,

De tu soñar gitano,

De tu mirar de sombra

Quiero llenar mi vaso.

Me embriagaré una noche

De cielo negro y bajo,

Para cantar contigo,

Orilla al mar salado

una canción que deje

cenizas en los labios.

 

Igualmente la elegía de sus alrededores, de la naturaleza misteriosa que lo rodea, es objeto de su canto; muchos versos dedicará a decirle palabras de íntimo gozo o su inevitable tristeza, a los prados y los bosques, las colinas, las flores y los paisajes en general:

 

Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte!

Medrosas tiritan tus hojas menguadas.

Naranjo en la corte, ¡qué pena da verte

Con tus naranjitas secas y arrugadas!

 

Estamos ante un poeta, pues, que simboliza a la naturaleza, que provoca el habla del paisaje, es decir, hace que éste hable y nos dicte su más hondo secreto. «La tierra de Soria humanizada» ─diría Ortega, que aparece ante el poeta, y a través de él, ante nosotros, con un aire místico y cuasidivino, es una muestra de la misión de este poeta que vino a platicar al mundo para ser el vehículo de comunicación con los paisajes.

No pierde ocasión nuestro poeta, para deambular por los secretos caminos de la existencia humana, y por sus más íntimos recovecos:

 

¿Mi corazón se ha dormido?

Colmenares de mis sueños,

¿Ya no labráis? ¿Está seca

la noria del pensamiento,

los cangilones vacíos,

girando, de sombra llenos?

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