Saltar al contenido.

Artículos Recientes

2
Abr

Cuestionario de control

Responde lo que acontinuación se te pide:

5
Ene

El erotismo y la literatura

Siempre he creído que el erotismo es una arte. Por su naturaleza imaginativa, creativa, subliminal. Y el hecho de que su aparición esté sujeta a una de las actividades más carnales del humano: el acto físico del amor, hace del erotismo un fenómeno cósmico. Proclive a la pincelada del artista.

Conviene, sin embargo, guardar distancia (un línea tenue y bien difícil de marcar) ante las expresiones triviales. Creo que, Vargas Llosa lo dice bien:

La frontera entre erotismo y pornografía sólo se puede definir en términos estéticos. Toda literatura que se refiere al placer sexual y que alcanza un determinado coeficiente estético puede ser llamada literatura erótica. Si se queda por debajo de ese mínimo que da categoría de obra artística a un texto, es pornografía.

Y es que es precisamente su cualidad artística, estética, la que hace del acto amatorio un fenómeno de orden superior, un aparecer de la lejanía, una metáfora corporal. Cito, otra vez, a Vargas Llosa:

Si la materia importa más que la expresión, un texto podrá ser clínico o sociológico, pero no tendrá valor literario. El erotismo es un enriquecimiento del acto sexual y de todo lo que lo rodea gracias a la cultura, gracias a la forma estética. Lo erótico consiste en dotar al acto sexual de un decorado, de una teatralidad para, sin escamotear el placer y el sexo, añadirle una dimensión artística.

Esa teatralidad, es arranque imaginativo ese añadido es precisamente la creación. Creación de algo nuevo, de algo que no está en la forma corporal, pero sí en la idea: por ello la gran literatura como el arte consagrado al erotismo, tiene casi siempre un tonalidad que lo hace superior.

Textos de Mario Vargas Llosa, sacados de su ensayo:  «Sin erotismo no hay literatura», publicado en Babelia, 4 de agosto de 2001.

16
Dic

La verdadera ignorancia, según Ortega

Estamos recuperando esa vieja idea del gran narrador y molestón Ricardo Garibay, su idea de las “Argucias literarias”, o “paraderos literarios” como lo expone en su texto “El oficio de escribir”.

Lo haremos, nosotros, con temas que vas más allá de la Literatura, con la participación de la Filosofía, esa hermana.

De esta forma no puede faltar el mejor escritor de filosofía en español, el maestro de maestros José Ortega y Gasset, quien aquí nos habla de la ignorancia; mas no en un sentido negativo. No. Más bien reivindicando el papel que juega en la humana existencia, y dando al traste con la idea común que supone el sentir vergüenza ante el “no saber”. Nos dice Ortega en las Lección XI, de su ¿Qué es la filosofía? 

No les dé vergüenza ignorar una cosa elemental. Todos ignoramos cosas elementales que está harto de saber nuestro vecino. Lo vergonzoso no es nunca ignorar una cosa -eso es, por el contrario, lo natural-.

Exacto, de la infinidad de cosas que hay que saber, el humano no solo no tiene la capacidad física de enterarse, sino que dicha pretensión es absurda. No tiene que ser motivo de vergüenza. Más bien:

Lo vergonzoso es no querer saberla, resistirse a averiguarla cuando la ocasión se ofrece. Pero esta resistencia no la ofrece nunca el ignorante, sino, al revés, el que cree saber. Esto es lo vergonzoso: creer saber.

Por eso debe quedar claro: el tipo de personas que ante la falta de conocimiento hacen de cuenta que saben son las que deberían avergonzarse. Por dos razones: por la pretensión en sí misma y por la cerrazón que implica. El que “hace como que” sabe, no solo renuncia al saber, sino que se engaña a sí mismo, es, por decirlo así, una falsedad total. Pero más aún:

El que cree que sabe una cosa pero, en realidad, la ignora, con su presunto saber cierra el poro de su mente por donde podría penetrar la auténtica verdad.

Termina nuestra “argucia filosófica”: El que “hace como que” sabe en realidad pone una barrera al conocimiento, cierra la puerta a la ciencia. Hace un daño al progreso del humano, detiene la natural marcha de la inteligencia.

Quizá lo más grave es que esta actitud se está generalizando cada día más, y más. Al grado de que el “no saber pero pretender que se sabe” llega a ser una actitud tolerada y hasta festejada como “ingeniosa” por la masa. Y no preocupa, insisto, por el hecho de que no se sepa, sino por el que se niega a saber. El hombre masa actual ve con buenos ojos que no se le exija la responsabilidad de enterarse antes de opinar o de fingir que sabe algo.

13
Dic

El despertar de la niña en Valle Inclán

Con buen ojo casi clínico nos presenta Ramon Valle Inclán la pobreza de espíritu del modo de vida beato en las mujeres. Y es que no es fácil, para una mujer (aún niña) de principios de siglo XX, optar por el otro, el de la concupiscencia, el de aventura, el de la pérdida momentánea de control. El peso social es bien duro en los inicios del siglo. No obstante, al autor de «Luces de bohemia», dicta sentencia, manifiesta sin tapujos su preferencia por la transgresora. Veamos:

Aquella niña era cruel como todas las santas que tremolan en la tersa diestra la palma virginal. Confieso que yo tengo predilección por aquellas otras que primero han sido grandes pecadoras. Desgraciadamente María Rosario nunca quiso comprender que era su destino mucho menos bello que el de María de Magdala. La pobre no sabía que lo mejor de la santidad son las tentaciones.

Así es, en esta su «Sonata de primavera», el lucido español no pretende tanto glorificar el mundo del deleite carnal como evidenciar la parquedad de la moral estricta impuesta por el credo católico. La crueldad de la niña a la que se refiere, su protagonista, es evidentemente un efecto del rigor impuesto por la moral ruda y dura. Gran observación de orden psicológico que no precisa de las descripciones escandalosas y vulgares como las del Marqués de Sade u otros «libertinos». El talento del español prescinde de la grosera y opulenta narración para dar más a profundidad con el «asunto» a tratar.

12
Dic

Poder cognoscitivo de la risa

Cómo olvidar que en aquella enorme novela de Umberto Eco, se discute sobre el papel importante del humor, de la risa. Y es que el vehículo de lo cómico se asemeja a la producción artística en la medida en que prescinde del aparato conceptual o racional para mostrar una realidad; casi diríamos para cuestionarla. Veamos como lo dice Eco:

Aquí Aristóteles ve la disposición a la risa como una fuerza buena, que puede tener incluso un valor cognoscitivo, cuando, a través de enigmas ingeniosos y metáforas sorprendentes, y aunque nos muestre las cosas distintas de lo que son, como si mintiese, de hecho nos obliga a mirarlas mejor, y nos hace decir: Pues mira, las cosas eran así y yo no me había dado cuenta. La verdad alcanzada a través de la representación de los hombres, y del mundo, peor de lo que son o de lo que creemos que son, en todo caso, peor de como nos los muestran los poemas heroicos, las tragedias y las vidas de los santos. ¿Estoy en lo cierto?

Esta es una disertación que el protagonista, Guillermo de Baskerville sostiene con Jorge El Venerable, la noche del séptimo día en la Abadía, un poco antes del terrible incendio provocado por el ciego.

A %d blogueros les gusta esto: