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2
Dic

Ortega sobre el hombre íntegro

El querer una cosa que al mismo tiempo nos es dictada por la razón duplica y certifica su carácter verdadero. Es por ello digno de pocos espíritus conjugar ambas cualidades del acto verdadero. Nos dice José Ortega y Gasset, en una conferencia que dictó el 29 de mayo de 1915, luego publicada por el ABC el 30 del mismo:

Por tal razón yo veo la característica del acto moral en la plenitud con que es querido. Cuando todo nuestro ser quiere algo ─sin reservas, sin temores, integralmente─ cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos.

Pero no es un individualismo simple y autocomplaciente, no. Es un ejercicio de introspección que parte de los hechos ante los cuales nos enfrentamos, parte del hecho social impuesto. Y de ahí la certeza del actuar con integridad, fuera de apasionamientos inútiles o pasajeros caprichos vanidosos. De la forma en cómo se admita la verdad y se la tome en serio, dependerá la creación de una sociedad más justa:

Una sociedad donde cada individuo tuviera la potencia de ser fiel a sí, sería una sociedad perfecta. ¿Qué significa lo que llamamos hombre íntegro sino un hombre que es enteramente él y no un zurcido de compromisos, de caprichos, de concesiones a los demás, a la tradición, al prejuicio?

El verdadero hombre íntegro no solo desea el bien, sino que su idea del bien coincide con el deber y la verdad. Y no se trata de una mera especulación sino de una posición ante la vida y el mundo.

28
Nov

Noción del cuerpo

De tan fuerte y poderosa que es la reflexión hecha por Cernuda, conviene que la reproduzcamos completa:

El cuerpo no quiere deshacerse sin antes haberse consumado. Y ¿cómo se consuma el cuerpo? La inteligencia no sabe decírselo, aunque sea ella quien más claramente conciba esa ambición del cuerpo, que éste sólo vislumbra. El cuerpo no sabe sino que está aislado, terriblemente aislado, mientras que frente a él, unida, entera, la creación está llamándole.

Sus formas, percibidas por el cuerpo a través de los sentidos, con la atracción honda que suscitan (colores, sonidos, olores), despiertan en el cuerpo un instinto de que también él es parte de ese admirable mundo sensual, pero que está desunido y fuera de él, no en él. ¡Entrar en ese mundo, del cual es parte aislada, fundirse con él!

Mas para fundirse con el mundo no tiene el cuerpo los medios del espíritu, que puede poseerlo todo sin poseerlo o como si no lo poseyera. El cuerpo únicamente puede poseer las cosas, y eso sólo un momento, por el contacto de ellas. Así, al dejar éstas su huella sobre él, conoce el cuerpo las cosas.

No se lo reprochemos: el cuerpo, siendo lo que es, tiene que hacer lo que hace, tiene que querer lo que quiere. ¿Vencerlo? ¿Dominarlo? Cuán pronto se dice eso. El cuerpo advierte que sólo somos él por un tiempo, y que también él tiene que realizarse a su manera, para lo cual necesita nuestra ayuda. Pobre cuerpo, inocente animal tan calumniado; tratar de bestiales sus impulsos, cuando la bestialidad es cosa del espíritu.

Aquella tierra estaba frente a ti, y tú inerme frente a ella. Su atracción era precisamente del orden necesario a tu naturaleza: todo en ella se conformaba a tu deseo. Un instinto de fusión con ella, de absorción en ella, urgían tu ser, tanto más cuanto que la precaria vislumbre sólo te era concedida por un momento. Y ¿cómo subsistir y hacer subsistir al cuerpo con memorias inmateriales?

En un abrazo sentiste tu ser fundirse con aquella tierra; a través de un terso cuerpo oscuro, oscuro como penumbra, terso como fruto, alcanzaste la unión con aquella tierra que lo había creado. Y podrás olvidarlo todo, todo menos ese contacto de la mano sobre un cuerpo, memoria donde parece latir, secreto y profundo, el pulso mismo de la vida.

Es un texto terriblemente honesto, titulado «La posesión» y  que se puede encontrar publicado por la UNAM, en su colección «Material de lectura», con el título: «Variaciones sobre el tema mexicano».

Una visión cuasimetafísica del cuerpo humano, tema recurrente en la creacíón de Cernuda. Evoca la admiración/temor ante esa realidad que no es solo física, menos aún objetual, sino espiritual.

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